
El cuatro de noviembre pensaba quedarme en casa, con un vinito en una mano y el mando a distancia en la otra. Cuando le comenté mi plan a mi madre me acusó de seta y me dijo que me apuntara al sarao que montaban en Duke. Yo hice hecho caso omiso. Recién descorchado un tinto me llamó mi vecino Peter para animarme a dicho sarao. Al final me dejé convencer mientras me decía que una noche histórica es mejor no pasarla sola.
Llegamos al Sanford Institute of Public Policy a eso de las 9 pm. Había comida, cerveza y vino gratis. También se habían reunido allí unas 500 personas, de las cuales unas 490 eran simpatizantes de Obama. En el cuartillo donde daban los resultado vía Fox News estaban los 10 republicanos resignados que con un par habían decidido salir de su casa para ver la derrota de su candidato en compañía. De ser ellos yo creo que me hubiera quedado en mi casa, pero con algo más fuerte que un vino. A eso las 11 pm oímos un estallido de aplausos y gritos pero con tanta gente no alcanzabamos a ver la pantalla gigante. A pesar de que todas las encuestas le daban la victoria a Obama yo tenía el corazón encogido. Respiramos tranquilos al darnos cuenta de que los gritos confirmaban lo que todos llevábamos meses esperando. Hay que ver lo bien suena eso de President Barack Obama.
Peter y yo nos quedamos a escuchar las declaraciones del derrotado. Después nos fuimos corriendo al coche y volvimos desempedrando a mi casa para ver el discurso de nuestro siguiente presidente. Es el I have a dream de nuestra generación. Cuando de pequeña escuchaba a Martin Luther King Jr. en las cintas de cassette de mi madre nunca pensé que viviría un momento de una relevancia histórica similar. Para celebrar mi equivocación me serví una copa del vino que seguía abierto en la encimera.
Si alguien me hubiera dicho hace cuatro años que tendríamos a alguien como él en la Casa Blanca le hubiera mandado a donde da la vuelta el aire, por iluso. Sin embargo el cambio ha llegado, y ya era hora. Muchos estamos hartos de defender que entre la mayoría del pueblo americano y los actuales simpatizantes de George W. Bush media un abismo. A esos que dicen que Obama va a destrozar el país, por marxista, por negro, por blanco, por inexperto... les digo primero que beban agua y segundo que ellos ya tuvieron su momento. Este país que tanto dicen amar es una democracia y el pueblo se ha pronunciado. Ahora es nuestro momento. Por fin podemos llamar al ocupante del 1600 de Pennsylvania Avenue nuestro presidente con la cabeza bien alta.







También había un grupo de angelotes, guiris en su gran mayoría, arrítmicos. A ver, yo me niego a bailar salsa delante de un grupo de latinoamericanos que me dan sopa con ondas. Sin embargo, mejor que algunos de esos pobres si que bailo. Al final me animé pero mi valentía sólo duró una canción. De aquí a unos meses voy a montar un evento algo más cañí: 













