domingo, 21 de septiembre de 2008

Por amor al baloncesto

Si queríais una americanada, y sino también, os vais a tomar tres tazas. Este fin de semana me he ido de acampada. Pero no os penséis que me he ido al campirri, no. He estado 36 horas exactas, desde las siete de la tarde del viernes hasta las ídem de la mañana del domingo, acampando en todo el medio de la universidad con otros 1500 estudiantes de postgrado. Es el Duke Graduate Student Basketball Campout*.

Os preguntaréis, ¿qué tiene que ver el baloncesto con irse de acampada? Pues en Duke mucho. Si quieres entradas para toda la temporada de baloncesto tienes que acampar. Los más normales lo hacemos en tiendas y los pijales en caravanas. Pero la cosa no es tan sencilla. Los organizadores tienen una sirena, como las que hacen sonar en las películas de guerra cuando se acercan los bombarderos, con la que te pueden tocar la moral en cualquier momento del día o de la noche. En cuanto la oyes te tienes que acercar a una carpa, ponerte en la fila que corresponde a tu apellido y esperar a que un paisano te ponga una crucecita al lado de tu nombre. Repito que esto lo hacen 1500 personas, todos a una, Fuenteovejuna. Si faltas al toque de diana más de una vez ya no puedes optar a las entradas.

Como os podéis imaginar, es un fiestón en toda regla. Hay DJs, karaoke, torneos de Guitar Hero, y mucho mucho alcohol. La peña va como Las Grecas y claro, les da un poco más igual que toquen la sirena a las tres la primera noche. Eso sí, te acuerdas de la madre de más de alguno cuando ya te has dormido y te despiertan a eso de las seis de la mañana. Esto pasó tanto el sábado como el domingo. También es divertidísimo cuando el sábado por la noche, o más bien el domingo de madrugada, lo único que quieres es sobar y te tocan la sirena, además de los cojones/ovarios o lo que sea, tres veces en viente minutos. Te levantas como puedes, con un resaca de órdago y una legaña atravesada. Después te acercas a la carpa arrastrando los pies y soltando todo tipo de improperios.

Ah, hay que decir que no hay baños, sino letrinas y que tampoco hay duchas. Si te quieres asear el sábado tienes que dedicar cuatro horas, desde las ocho de la mañana hasta el mediodía, a una de las actividades de voluntariado que tienen organizadas. Al terminar te dan una hora y media para que te vayas a casa, te duches y vuelvas al campamento. Yo, por supuesto, daría mi reino por estar limpita así que me apunte al proyecto del Centro de Víctimas de Violencia Sexual de Durham. Tienen una tienda en la que venden ropa y accesorios que la gente dona. Todo lo que sacan va para ayudar al centro. Así que me pasé la mañana etiquetando y colgando ropa. Al terminar me fui a casita y me di una ducha gloriosa. Me costó la vida decirle que no a mi cama suplicante y volverme al campamento.

Como ya habréis deducido, en Duke el baloncesto es una religión. Los miembros del equipo son unos semidioses presididos por su entrenador, el divino Mike Krzyzewski. Como los estudiantes no tenemos un duro para compararle unas vocales al susodicho preferimos llamarle Coach K. No sólo es el entrenador del equipo de Duke sino también del equipo olímpico americano. Si, de esos que nos robaron el oro en Pekín. El caso es que Coach K y sus chavales se acercaron al campamento el sábado por la noche a saludar al personal. Él es un cachondo. Nos habló sobre su plan de ataque de este año, se marcó unas guasas, y nos enseñó el vídeo que les puso a los jugadores del equipo olímpico antes del último partido. Me tocó un poco la patata, y eso que a mí los deportes me emocionan menos que un cocido.

Se me ha olvidado comentar que esto del campout es trabajo en equipo. Es decir, que quien gana entradas en un grupo de colegas las comparte con el resto. El coste, 150 dólares, también se reparte. Nosotros éramos diecisiete, apodados Los Chefs porque para ir a los partidos nos vestimos de esta guisa. En Navidad me voy a comprar un delantal de lunares para darle un toque flamenco al grupo. Así se me verá mejor cuando pongan los partidos en la tele. Cada chef tiene un utensilio de cocina característico. Yo creo que me voy a pedir el mortero.

Al terminar esta locura, todos aquellos que no se hayan perdido más de un toque de diana entran en el sorteo de las entradas. Dependiendo de las veces que hayas acampado y de la suerte que hayas tenido en años anteriores la probabilidad de que te toquen las entradas cambia. Yo, por primeriza, tenía una papeleta, los que acamparon el año pasado pero sin coseguir entradas tienen tres, lo que llevan dos años sin conseguir entradas tienen cinco papeletas y así sucesivamente. Si te tocan las entradas al año siguiente sólo te corresponde una papeleta. De los diecisiete que éramos en mi grupo han ganado nueve. Y digo han porque yo no he tenido mucha suerte. Simpre me quedará el año que viene. Aún así voy a ir a más de la mitad de los partidos. La movida es que yo no soy muy fan del baloncesto. Bueno, tengo un mes para convertirme en una devota más, para buscarme un gorro de cocinera y para comprarme un mortero.

*Aquí tenéis un vídeo donde se ve mejor de qué va el rollo que en mis fotos.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Un Merlot sabroso en la tómbola

A riesgo de repetirme voy a decir que desde que he llegado he tenido la suerte de conocer a gente de pu... estupenda. El único defecto que tienen es que, al no ser ingenieros, tienen menos tiempo libre que yo, de momento, y por ende salen menos. Por esto mismo me quedé en casita el viernes. Sí, triste pero cierto. Mientras algunos estabais de farra en las siempre grandes Fiestas del Santísimo Cristo de los Remedios yo estaba con un Merlot en la mano viendo una película, mala por cierto. La verdad es que no me viene mal prescindir juerga. Así ahorro. Esa es la versión oficial.

El sábado fue un día de esos en los que el césped es más verde, el sol brilla más, y los pájaros cantan mejor. Mundo de Yupi. Todo esto tiene más mérito todavía cuando tenemos en cuenta que fui al laboratorio de diez de la mañana a dos de la tarde. Repito, un sábado. Josh había quedado en hacerle unas pruebas a un sujeto implantado y yo quería verlo. No es por hacerme la interesante pero creo que no puedo dar muchos detalles, por cuestiones de ética al tratar con sujetos humanos. Lo que sí puedo decir es que el hombre fue encantador. Entre prueba y prueba me contaba su historia, su antes y después del implante. Me toco la patata y tuve que esforzarme por que no se me escapara ni una lágrima. No se mucho sobre el protocolo en este tipo de situaciones pero creo que llorar no es lo más profesional.

Por la noche quede con Andrea, Doménico y Germán*. Sabíamos que había un sarao en la universidad llamado Salsa on the Steps. El grupo de baile latino, Sabrosura -esto hay que decirlo siempre con accento cubano mientras uno se contonea, sino pierde la gracia- organizaba unas clases de salsa seguidas de baile libre. El lugar elegido: las escaleras delante de la capilla de Duke. Lo de capilla creo que se queda un pelín corto. Había gente que bailaba de vicio, como Andrea y Germán. Ambos son colombianos y se nota que, como se suele decir en estos casos, lo llevan en la sangre. También había un grupo de angelotes, guiris en su gran mayoría, arrítmicos. A ver, yo me niego a bailar salsa delante de un grupo de latinoamericanos que me dan sopa con ondas. Sin embargo, mejor que algunos de esos pobres si que bailo. Al final me animé pero mi valentía sólo duró una canción. De aquí a unos meses voy a montar un evento algo más cañí: Flamenco (Fusión) on the Steps. Me voy a traer a mi prima Laura como atracción principal y a unos gitanos del Cardamomo. El resto haremos lo que podamos. Arriquitráun. Al menos me luciría un poquillo más. Nuestra noche continuó en en un restaurante divino llamado George's Garage, donde también había un sarao salsero. Yo bailé, eso sí, desde mi banqueta.

Del domingo hay poco que contar, aparte de que fui al cine a ver Burn After Reading, la nueva película de los Cohen. La pongo un 8 sobre 10. Es un humor o te encanta o lo odias. Yo soy de las primeras. Los personajes están todos el almendro y muy bien interpretados. La historia está bien pensada. Las palomitas estaban buenas. ¿Qué más se le puede pedir a un domingo por la tarde? Como tenía mono de más cine, al llegar a casa vi una de esas películas de las que no me canso: Philadelphia. La temática me hizo recordar uno de los mejores documentales que he visto: The Age of AIDS. Cuando tengáis un par de horas libres verlo gratis por internet. Eso de "vale la pena" se queda corto.

De hoy mejor no hablar mucho. He tenido un día de esos en los que cuanto más te esfuerzas menos resultados obtienes. He decidido descargar mi ira con las máquinas del gimnasio. Al ojear las playlists de mi iPod he visto la solución a todos mis problemas. Megamix de Marisol. Y la vida ha dejado de ser frustrante para convertirse en una tómbola, tom-tom-tómbola de luz y de color.

*Si no fuera lo peor a la hora de acordarme de sacar la cámara os podría poner unas fotillos. Seguro que estáis hartitos de imágenes de archivo, o sea, de Google.

martes, 9 de septiembre de 2008

He visto la luz

Como ya he comentado, llevo unas dos semanas más perdida que una chirigota en Calcuta. Hoy eso ha cambiado. Imaginaros la música celestial a modo canto gregoriano. Las ideas enfrentadas que tenía en la cabeza se han unido unas con otras de la manera más coherente. Hasta se han dado besos en los morros mientras se marcaban un Viva la Gente. Todo esto se lo tengo que agradecer en parte a Josh.

Josh es un estudiante doctoral de quinto, compañero del laboratorio. Su experiencia es un grado. Dan, el nuevo pequeño padawan, y yo hemos tenido una reunión con él esta mañana. Durante dos horas le hemos acribillado a preguntas, algunas más simples que un ocho. Con una sonrisa permanente a la par que genuina, las ha solventado con explicaciones extensas y clarísimas. Me estoy planteando ponerle un monumento en todo el medio de la cooperativa de snacks, aunque nos haya puesto deberes. Porque él lo vale.

Nos ha comentado que es una lástima que no estuviéramos en el laboratorio durante el verano, porque fueron a ver la inserción de un implante coclear en quirófano. Ahí, al ladito de cirujano. A Dan y a mí se nos han puesto los ojos como platos y nos hemos levantado de la silla al grito de "yo quiero, yo quiero". Josh nos ha dicho que va a hablar con la cirujana y que no cree que haya ningún problema en ver otra operación. Por lo visto es algo aparatosa: hacen una incisión detrás de la oreja, echan toda esa piel -oreja incluida- hacia delante, hacen un agujero en el hueso temporal del cráneo... Menos mal que gracias al simpatiquísimo doctor Moreno y a los vídeos tan gores de sus congresos una está curada de espanto. Si no me desmayé al ver las trocotomías* de emergencia del doctor Asensio, en un pasillo sin esterilizar y con más sangre que en La Matanza de Texas, no creo que esto pueda conmigo. No os imagináis la ilusión que me hace.

También nos ha contado que no todo el colectivo sordo ve los implantes cocleares como un milagro. Hay sectores que no quieren un implante ni en pintura porque piensan que un implantado renuncia a la cultura y a la comunidad sorda. Este rechazo al aparato tiene su sentido: el colectivo sordo tiene un sentimiento de comunidad muy fuerte, en parte creado por la lengua que comparten. Hay padres sordos que no quieren implantar a sus hijos porque no ven la sordera como una discapacidad. Para ellos es una manera distinta, y no por ello menos válida, de vivir. Una persona que no oye de manera natural es sorda, esté o no implantada. Como nos ha dicho Josh, que te pongan un implante es una opción, una manera de vivir en el mundo sonoro sin que ello implique renunciar a la cultura que te corresponde.

Sé que he dicho más de una vez que no hablo de mi profesión porque me parece que en vez de entretener doy el coñazo. Supongo que ahora que soy una rata de laboratorio las cosas han cambiado. No sufráis, todavía sé hablar de otras cosas. Así que lo siento si os doy la chapa. Bueno, hoy lo siento algo menos porque todo me da un poco igual. Me he puesto las gafas de cristal rosa y me he dado una vuelta saltando por el mundo de Yupi. Un día es un día.

*No he encontrado una definición formal, pero consiste en acceder a la cavidad pectoral a través de una incisión entre dos costillas.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Bienvenidos a la república independiente de mi laboratorio

Hablando con el personal me he dado cuenta de que soy una privilegiada: mi laboratorio y sus moradores son la releche. Como ya he comentado, siempre hay risas para repartir. Hoy quería comentaros más cosillas que hacen al sitio donde trabajo tan especial.

Según llegué se me informó sobre el funcionamiento de la cooperativa de snacks. Consiste en que cada persona trae un paquete de algo envuelto en subpaquetes individuales - por ejemplo, una caja de paquetitos de galletas-. A cada subpaquete se le asigna el precio del total de la caja dividido entre el número subpaquetes. Cuando te entra la gusilla, a eso de media mañana, media tarde o en mi caso a todas horas, te acercas a la única mesa libre de la oficina, donde habitan todas las guarrerías, coges lo que quieras y lo apuntas en una lista que hay por ahí danzando. Puedes coger snacks por el valor de lo que tu hayas traído previamente. Yo llevo dos semanas apuntándome chocolatinas, sugus y demás sin traer nada. Hoy he comprado dos cajas de doce raciones de Cheez-its, unas galletitas saladas con sabor a cheddar que son gloria bendita, así que ya he cumplido. Esta semana pasada llegó un pequeño padawan, o estudiante de tercero, al laboratorio. Por lo visto va a hacer un trabajo sobre implantes cocleares. La mesa de la coperativa de snacks es la única que hay libre. Hemos decidido dejar que la ocupe si se compromete a ser el guardián de nuestro sustento.

Voy a aclarar una cosa. Cuando hablo de mi laboratorio como espacio me refiero al conjunto del laboratorio en sí -donde tenemos el equipo, la cabina de sonido, una mesa grande donde nos reunimos, y por donde se accede a las oficinas de algunos investigadores ya doctorados- y de mi oficina -donde tenemos los ordenadores y escritorios seis estudiantes de doctorado. Dicho esto, en el laboratorio en sí hay una sillas comodísimas de cuero. Son lo último. Una de ellas tiene un don especial. Cuando te echas hacia atrás emite un sonido igualito al de los velocirraptores de Jurassic Park. Palabra. Por alguna extraña razón la raptorsilla suele ser la que esta más cerca del ordenador que se utiliza para dar presentaciones dos veces por semana. Es chungo escuchar con atención a un compañero, más aún si no te enteras de la misa la media, cuando su silla está haciendo el dinosaurio. Este viernes pasó más de una vez y nuestra jefa tuvo que interrumpir la presentación, entre risas, por el cachondeo generalizado que había.

Curramos tanto que de vez en cuando necesitamos una distracción. Por eso mismo nuestra jefa nos ha comprado una consola Wii, una pila de juegos y la Wii Fit. Eso sí, con dinero del laboratorio. ¿Y cómo se justifica esto? Pues vamos a ver, antes me he colado. En realidad la Wii no es para nosotros. No señor. Es para los sujetos que vienen a que les hagamos este estudio o aquel. De alguna manera hay que entretenerles, ¿no? Lo que nunca hacemos es echarnos unas partiditas depués de tomarnos unas birras en la cafetería, de esas gratis que dan los viernes. No, eso sería irresponsable.

Ah, y después de comernos una chocolatina cooperativista, pero antes de echarnos un Wii bolos, y a veces mientras nos sentamos en la raptorsilla intentamos mejorar o salvar alguna vida que otra.

jueves, 4 de septiembre de 2008

La diferencia entre un pit bull y una "hockey mom"

De verdad que me estoy informando sobre estas elecciones. Hasta estoy intentando ver tanto la convención demócrata como la republicana de manera objetiva pero hay veces que es que no se puede. Estos últimos días la Convención Nacional Republicana me lo ha puesto a huevo. Sé que a algunos todo esto os interesa nada y menos pero prometo no aburriros, más que nada por lo esperpéntico del asunto.

Así de primer plato quiero hablar de Laura Bush y de algo que dijo hace un par de días. Siendo objetiva -la subjetividad la dejo para el postre por lo menos-, su dotes oratorias son comparables a las de la Masiel. Después de la proyección de un vídeo sobre el ex-presidente Ronald Reagan - en el que le pintaban de héroe además de anunciar que es el modelo a seguir de McCain- tuvo los huevos, ovarios o lo que os apetezca, de hablar de sida. Me descojono. Según la actual primera dama, su marido consiguió que el número de africanos seropositivos que tienen acceso a la medicación que necesitan pasara de 50.000 a 2 millones. A lo mejor es que hablaban de otro Reagan. Es que a veces me lío. No creo que se atrevieran a mencionar siquiera a un menda que hizo mutis cuando estalló la epidemia de sida en Estados Unidos en los años 80. En el tiempo que se calló la boca y negó fondos de investigación murieron, ignoradas por el gobierno de cara al público pero estigmatizadas por lo bajinis, más de veinticinco mil americanos. No, seguro que hablaban de otro Reagan. Sino estarían diciendo que a los maricones y drogadictos -los heterosexuales blancos y limpitos no cogen cosas de esas- que les den por saco pero a los pobres africanos hay que cuidarlos. Agüita.

Con Sarah Palin, la candidata republicana a la vicepresidencia, no sé ni por donde empezar. Que me gusta a mí. Que su hija esté embarazada, baile claqué o le mole Juan el Golosina me da exactamente igual. Lo que me molesta es que ella no votaría a alguien cuya hija menor de edad estuviera embarazada, aunque se fuera a casar con el padre y a tener el hijo, como se apresuró a anunciar a la prensa. Dios la libre. La guinda es que mi tocaya quiere eliminar la educación sexual de las aulas de los colegios públicos. Dice que eso hay que tratarlo en casa. O sea como hizo ella. Se ve que el mensaje quedó claro. Pero no pasa ni media porque, como dice ella, tener hijos cuando no sabes ni quién eres "es algo muy hermoso". Precioso vamos, que me lo envuelvan con un lazo de amor para regalo.

Tuvo unos detalles preciosos. El futuro marido de su hija estaba con el resto de la familia, porque es uno más. Su marido sostenía en brazos a su hijo de cinco meses y cuando se levantaba se lo pasaba a su hija la pequeña. Ésta le atusaba cariñosamente el pelo al churumbel con una mano untada de saliva. Palabra. Me horroriza que haya un bebé de esa edad un estadio lleno de gente pegando voces. Lo razonable y lógico sería dejarle en el hotel con una niñera, con el Servicio Secreto o con unos abuelos. Pero la Palin y sus consejeros se pasan la lógica por el arco del triunfo porque el niño tiene síndrome de Down y sale más políticamente rentable interrumpirle el sueño.

Me gustó cosa mala su humor buenrrollista. A modo "soy republicana y ultraconservadora pero os presento mi programa entre insulto guasudo y broma a matar. Pochicuela". Para que luego digan que los de derechas no saben ni divertir ni divertirse. Al empezar su discurso peguntó cuál era la diferencia entre una hockey mom y un pit bull. Una barra de labios. Al público le hizo mucha más gracia que un chiste, de los buenos, de Martes y Trece. Yo le di un trago a mi cerveza y levanté una ceja.